ENTENDIENDO LA ADOLESCENCIA (CONSEJOS PARA PADRES)

Por Lic. Regina Angulo Romero

Fue la pregunta que S. me hizo mientras daba vueltas como una niña en la silla giratoria. ─¿Quién eres tú? ─me pregunté─ Vamos a descubrirlo ─la invité.

S. es una dulce púber –perdón, adolescente, me corrige ella− con quien comparto cuarenta y cinco minutos de amena charla una vez a la semana. S. tiene cabellos largos, es de tez blanca y de contextura delgada; lleva unos anteojos tan grandes, tan cuadrados que ocultan o disimulan la mitad de su rostro; pero claro tiene que andar a la moda; la otra mitad lo cubre su enorme y azabache flequillo. S. tiene una voz muy dulce, a veces casi imperceptible, que no sé si soy yo que no la escucho porque estoy envejeciendo o es ella que está enmudeciendo.

S. me acompaña o yo la acompaño desde más de medio año, no fue fácil hablar con ella; nuestras primeras sesiones estaban acompañadas por el silencio, que por ese tiempo era su mejor aliado. S. solo miraba, había días en que llegaba, saludaba cogía el puf y permanecía callada; en ocasiones yo hablaba, ella siempre estaba en su lado de oyente; es así que S. me enseñó que a veces los adolescentes solo quieren que los acompañes, sin preguntas, sin reproches sólo que estés ahí para ellos.

Ustedes se preguntarán, ¿por qué S. acude a las sesiones? Porque, de acuerdo a la descripción de mamá, no quiere hacer nada.─¿No quiere hacer nada? ─repregunté─ sí ─me contestó─, solo quiere chatear en la computadora, estar con las amigas y pensar en no sé qué cosa; entonces sí quiere hacer algo, pero diametralmente opuesto al estudio. Entendí que S. andaba desmotivada, con ocho cursos en rojo, la cosa estaba complicada.

S. me decía que el colegio no era para ella, que las profesoras la detestan, que odia las matemáticas. Sin embargo, puede ser perfectamente hábil para los cálculos mentales cuando tiene que pedir la propina a mamá para sus salidas al cine o a tomar helados con las amigas, o las dos cosas juntas, porque “una es ninguna”, según frase de su mamá; se aburre a morir cuando tiene que leer una obra del plan lector y ¡oh, pesadilla! si tiene que hacer un resumen. Sin embargo, se puede pasar noches en vela construyendo novelas románticas que nunca publicará.

Así es S., toda una adolescente con muchas contradicciones, con preguntas filosóficas que a veces no tienen respuestas sencillas y casi al mismo tiempo con desbordes de ira y fantasía como ir a tirar tomates al concierto de una cantante famosa que por estos tiempos es la novia de su cantante favorito.

Es así como se puede describir a un adolescente, un niño adulto que busca insaciablemente ordenarse, que con facilidad llega a molestarse, un ser a quien a veces es mejor no decirle nada para no despertar ese león que lleva dentro y que otras veces es tan tierno que necesita de un fuerte abrazo. A ese carnaval de emociones es al que los padres se enfrentan diariamente, menuda tarea la que tienen.

…los adolescentes son una cosa muy rara, porque no son ni niños ni adultos. Es decir, ya no juegan a cosas entretenidas, pero tampoco pueden manejar o viajar sin permiso. Tiene cuerpo de adultos, pero cerebro de niños. Es decir, son un poco mutantes…

Encontramos, pues, que la adolescencia es una etapa de cambios; primero se ven expuestos al crecimiento de su cuerpo, el aumento de la talla corporal y la adquisición de la confirmación sexual definitiva. El segundo cambio es el desarrollo de su personalidad; entonces encontramos a chicos y chicas que empiezan a descubrir sus propias necesidades, buscan sentirse dueños de sus derechos, desean pertenecer a un grupo, se identifican con algún líder juvenil, lo imitan.

Y es en esta búsqueda de su identidad que emergen muchas emociones y cualquier “problema”, por pequeño que sea, al ver que no tiene una solución rápida y efectiva los hace sucumbir en este sentimiento de impotencia, esta expectativa no cumplida que ya sabemos llamarla frustración.

Si tenemos que buscar un origen para entender porque un adolescente se frustra, abordaríamos su infancia. Muchas veces los padres comenzaron siendo muy protectores y poco a poco, a medida que sus hijos iban creciendo, empezaron a desentenderse de ellos, porque ven a su niño más independiente, más fuerte; En resumen: la atención excesiva o la falta de la misma, son elementos que propician estas conductas reactivas.

¿Cómo se manifiesta en la adolescencia la frustración?
El experimentar el rompimiento de un noviazgo, el no ser invitado a un quinceañero, que tu mejor amigo se robe a la chica de tus sueños, que el chico que te gusta no te de bola…, y así podríamos enumerar un sinfín de situaciones que desencadenan en los chicos esta sensación.

Una de las características importantes del pensamiento de los adolescentes es su polaridad, es decir, tienen un pensamiento todo o nada. Sus frases se inician con palabras como “es terrible”, “no lo soporto”, “me voy a morir….”; estas frases aumentan en ellos sus sentimientos de angustia o ansiedad, y es por eso que nos encontramos con que si ese fin de semana les sale un grano en la nariz, no saldrían a la calle porque sencillamente “es terrible…, y se pueden morir”.

Hay una suerte de sentirse invencibles que envuelve a los adolescentes; esta sensación genera en ellos el querer explorar los límites de su entorno; se enfrascan en discusiones con sus padres por defender lo que ellos consideran sus derechos, o, por el contrario, quieren experimentar en su cuerpo lo que les atrae: el gusto por el riesgo.

Durante esta época, el adolescente comienza a hacer teorías y dispone de toda una serie de argumentos que buscan justificar sus demandas. Muchas veces estos argumentos son contradictorios, lo cual no le importa mucho al adolescente, se siente maravillado al ver que puede argumentar y se descubre como un ser pensante.

Si un adolescente no se enfrenta, no expone sus demandas, entonces no está pasando por este proceso de transición que es la madurez. Un adolescente necesita discutir así sus argumentos no sean sólidos, él o ella necesita disertar, enfrentar a papá y a mamá; eso más adelante le permitirá saber defenderse, saber exponer sus ideas y llevar una voz propia.

…te debo confesar que en las ocasiones en que mi terquedad se imponía a la razón terminé equivocándome escandalosamente. Sin embargo, mis padres no me sacaban en cara los errores, ni se burlaban de mí, ni me decían “eso te pasa por no hacernos caso”, no. Sencillamente me hacían reflexionar sobre mi equivocación y me decían que lo bueno de haber fallado en algo pequeño era que cuando tuviera que enfrentar grandes problemas tendría un mejor juicio….

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